El Primer Robot

UN INVENTO PARA PAGAR LA DEUDA A DIOS

Hace cuatrocientos sesenta años, allá por 1562, el Príncipe Carlos, hijo primogénito de Felipe II, se cayó por unas escaleras, produciéndose un importante golpe en la cabeza. Lo que en un principio no parecía cosa importante, a las pocas horas su cabeza se hinchó de manera alarmante, tenía fiebre muy alta, perdió la visión y deliraba.

La situación era crítica y aunque estaba atendido por los mejores doctores que le realizaron todo tipo de remedios, con ungüentos especiales, agujero en el cráneo para aliviar la presión, varias sangrías y numerosas purgas, nada daba resultado y el Príncipe estaba al borde de la muerte.

Su padre, el Monarca, desesperado por no saber qué hacer ante la situación, hizo traer y colocar junto al lecho de su hijo la momia del monje franciscano Fray Diego de Alcalá, fallecido hacía cien años, al que se le atribuían varios e importantes milagros, y al que Felipe II tenía gran devoción. Al mismo tiempo, hizo un pacto con Dios: si hacía el milagro de salvarlo, él le pagaría «con otro milagro».

A partir de aquel momento, el Príncipe empezó a recuperarse y en pocos días estaba perfectamente y sin secuelas.

El milagro estaba hecho y ahora le tocaba al Monarca saldar su deuda con Dios. Hizo llamar al gran ingeniero, relojero, matemático e inventor Juanelo Turriano, que estaba al servicio de la Corte, y le pidió, de la forma que piden las cosas los reyes, «inventa» un muñeco mecánico del monje Fray Diego. Y tal y como le pidió el Monarca, realizó un sorprendente muñeco/robot, de 40 x 12 x 15 centímetros, con la cara del monje, vestido con su hábito de franciscano, que caminaba dándose golpes de pecho con su brazo derecho y levantaba y bajaba una pequeña cruz de madera y un rosario que llevaba en su izquierda. Su cabeza giraba y asentía, sus ojos se movían, y de vez en cuando llevaba la cruz a sus labios para besarla. Una maravilla «milagrosa» para aquellos tiempos.

Y con el invento del gran Turriano, Felipe II se quedó tranquilo, pagando la deuda contraída con Dios, por la curación de su hijo, el Príncipe Carlos.

Y desde el siglo XVI, este monje «sigue vivo», después de centenares de años, pasando, de mano en mano, de coleccionistas y anticuarios, llegando a Estados Unidos en 1977, desde Suiza, moviéndose, como el primer día, por los pasillos del National Museum of América, su nuevo domicilio.

En su día, fue perseguido por la Inquisición, por considerarlo «Obra del Diablo»

Artículo escrito y documentado por: José Carlos Sainz de los Terreros Isasa

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